Hoy voy a contarte la última parte del trayecto que llevamos recorrido corrigiendo los pies zambos de mi peque mayor. Hace dos semanas, en el post Yo… y mis pies zambos, te contaba quienes somos y cómo hemos vivido una realidad, nuestra realidad.

Nuestra realidad no puede resumirse en un sólo post, así que lo hice en una serie de tres post, para qué supieras un poquito más de lo que son los pies equinovaros y de lo que implican en la vida de un niño y su familia.

La semana pasada te conté cómo fue el primer año de mi bebé con pies zambos y te expliqué cómo nos sentimos, qué le hicieron para corregirle los pies y cómo lo vivimos los tres (porque entonces todavía éramos tres).

Así que esta semana voy a contarte cómo hemos vivido el tiempo desde que le quitaron la férula Dennis-Brown hasta ahora, en el que nos encontramos pendientes de una operación.

Si quieres más información sobre el tema, puedes ir al blog Mis Pies Zambos que creé para ayudar a otros papás que se encontrasen en nuestra misma situación.

El camino es muy largo y duro, es un proceso lento y a veces con retrocesos... Pero merecerá la pena, todo este proceso es parte de su tratamiento.Haz click para twittear

Siempre hemos celebrado cada avance, por pequeño que fuera… Somos de los que pensamos que hay que celebrar cada pequeña cosa buena que pasa, cada momento…

Así que cada avance que ha ido haciendo nuestro hijo lo hemos ido celebrando en casa, a nivel familiar, claro. Para nosotros era importante compartir con nuestras familias estos momentos. Hay quien entiende esto, y hay quien no.

Pero nosotros somos así, de compartir momentos. Porque soy de las que piensan que hay que aprovechar cada instante con la gente que quieres, y disfrutar de estas pequeñas cosas. Lo de menos es la comida, o la merienda… eso es lo de menos. Lo importante es el momento, ese tiempo compartido, unas veces con más risas y otras con menos. Tiempos de conversación o de mezcla de mil conversaciones que no hay quien se aclare, de discusiones banales, de abrazos, de sonrisas, de cariño… en definitiva, de amor.

Eso es lo más importante.

Así que la última celebración relacionada con los pies equinovaros fue en junio de 2014, cuando mi peque mayor tenía un poco menos de dos años y medio.

Hice una tarta de queso y dibujé unas botas. Hacía calor, así que lo celebramos en el campo, aprovechando también que acababa de ser el cumpleaños de mi sobrina y de mi madre. Fue una triple celebración.

Esas botas simbolizaron todo un hito, un avance tremendísimo en la evolución de los pies de mi pequeñín. Su hermano tenía seis meses de vida.

Ilusos creímos que eso era casi el final.

Nadie nos dijo que podía retroceder. Todo iba bien, y nosotros creímos inocentemente que así sería siempre, que ya estábamos en la recta final.

Sólo tenía que llevar el calzado de horma recta (que ya es bastante trastorno).

Todo iba bien, mi hijo caminaba muchísimo desde bien pequeñito, iba rápido… Una maravilla. Pero poco a poco empezó a torcer los pies, a caminar raro… No era algo llamativo. Se lo comenté a la traumatóloga, pero no le dio importancia, era de la cadera. No me dijo nada más. Los pies estaban bien. Todo iba bien.

Se lo comenté a la médico rehabilitadora que lo seguía en el hospital de nuestra zona, y me comentó que era un niño hiperlaxo y que tendría que utilizar plantillas, pero que eso no tenía nada que ver con los pies zambos.

Y yo me quedé tranquila. Y me lo creí.

Pero no fue así.

Cuando cumplió cuatro años, la traumatóloga nos dijo que nos citaba a los seis meses, y que si todo seguía bien, nos quitaría ya el calzado de horma recta… ¡¡¡Podría utilizar calzado normal!!!

Estábamos tan ilusionados… Pero no fue así.

Empezó a retroceder de una forma brutal. En ese tiempo sus pies se fueron para adentro de una forma descomunal. Y ahora me arrepiento de no haber sabido que, a lo mejor, haciendo fisioterapia hubiéramos podido evitar todo esto. O que le quitaron la férula para dormir demasiado pronto y eso incrementa la probabilidad de recidiva (retroceso).

Que a lo mejor hubiera retrocedido igualmente… Pero siempre nos quedará esa duda. Y nadie nos dijo nada, nunca supimos que esto podía pasar.

Y, claro, en la revisión en la que teóricamente le iban a quitar el calzado de horma recta, dijeron que los pies estaban mal. Sobretodo el pie derecho.

Y desde entonces la realidad se desplomó sobre nosotros.

Aprendimos que existía una palabra que nunca nadie nos nombró: recidiva. Que es cuando se produce un retroceso en algo que ya está curado o corregido.

Nos enteramos que el pie derecho de mi hijo no era igual que el izquierdo. El derecho era un pie que siempre ha estado peor (aunque a simple vista no se viera), y que era y es más resistente.

Y todo en una época en la que ocurrieron muchas cosas en mi familia (enfermedades, operaciones…). De repente, oír hablar de operación me derrumbó.

Y menuda operación me plantearon en un principio (afortunadamente hoy no será así).

Cada mes, desde hace muchos años, yo voy a una fisioterapeuta… así que un día le comenté el caso de mi hijo y si ella podría… No me dejó terminar la frase. Sí, ella podía ayudarme.

Y desde entonces mi hijo va cada quince días. La mejoría se notó desde el primer día. Ella le equilibra las caderas, los pies, las piernas… y ha trabajado muchísimo los tendones, además del resto del cuerpo.

Durante un tiempo vislumbramos la posibilidad de que podríamos evitar la operación, incluso la traumatóloga nos dio más tiempo porque parecía que el pie estaba mejorando.

Pero hace casi un año, el tendón derecho se plantó. Son los dos pies, pero el izquierdo reacciona mejor al tratamiento.

Gracias a este año y medio de fisioterapia intensiva de una hora cada quince días (por lo privado, pagando, claro) hemos conseguido algo más que mantener y mejorar su calidad de vida durante este tiempo. Hemos conseguido que el tendón no sea rígido, y al estar más flexible y tan trabajado, la operación será mucho más sencilla de lo que iba a ser en un principio.

No nos quedamos quietos. Y miramos una segunda opinión con la que creemos es la mejor especialista en pies equinovaros en España, la doctora Anna Ey. El diagnóstico coincidió y nos quedamos tranquilos.

Eso fue en mayo del año pasado. Nuestra traumatóloga nos dijo de no operarlo en verano porque sería duro para mi peque, así que sería después del verano.

Pero ya se sabe… con la Seguridad Social, los plazos son los que son… Estamos a 5 de febrero y todavía seguimos esperando. Por fin le hicieron hace unas semanas el preoperatorio y creemos que la operación será a finales de mes.

Y ahora tenemos muchas ganas. Mi hijo no camina bien, le cuesta muchísimo bajar las escaleras, le duelen mucho los pies y camina muy muy despacio.

Él es consciente de lo que le pasa, y en casa hemos integrado la deformidad de sus pies de una forma natural. Lo tiene asumido. Y sabe que para corregirle le tienen que operar. Y aunque es muy valiente y fuerte, el sábado cumplió 6 años. Sólo tiene seis años recién cumplidos.

Y yo tengo muchas ganas de que lo operen… Pero como madre, también siento dolor y tristeza, y rabia a veces… Estoy nerviosa, aunque sé que va a ir todo bien. Y sé que él es fuerte y valiente. Pero sé lo que duele una operación, un postoperatorio y todo el proceso que conllevará después…

Así que, agradezco a quien intenta animarme restando importancia, pero… Soy consciente de lo que hay, de cómo es mi hijo, de que todo va a ir bien… pero me gustaría estar a mí en su lugar. Porque soy fuerte, muy fuerte, pero es mi hijo. Soy madre. Su madre. Y me duele, y me pone nerviosa… y a veces tengo ganas de llorar… Para entenderme hay que ponerse en mi lugar.

No hay otra forma de hacerlo… Y ahora ya sabes un poquito más de pies equinovaros, y de nuestra historia. Una historia intensa, larga y todavía con mucho recorrido por delante. Pero esa es nuestra realidad, la de mi hijo y la de toda la familia. Y así, él nos ha enseñado desde que nació, a ser más fuertes y mejores personas, y a ser valientes… como él.

Es nuestro orgullo.

Hasta la próxima, un beso,

 

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