Fue un poco extraño. La vida a veces te da unos meneos fuertes para que espabiles. ¿Que no te das cuenta? Pues mira. Y da gracias.

Así fue.

Hace un mes operaron a mi hijo, fue una operación que duró unas tres horas desde que lo entraron en quirófano hasta que salieron a decirnos que había ido todo bien.

Ya te conté en el post Yo… y mis pies zambos que mi hijo mayor nació con los pies equinovaros.

Y de eso lo han operado, porque aunque ya se corrigieron desde su nacimiento, fue un proceso largo pero hace un par de años empezó a retroceder… y hasta la operación.

Hemos tratado de evitarlo a base de fisioterapia y llevo muchos meses de nervios. Tenía miedo.

Y creo que es normal. ¿Y qué madre no tiene miedo a una intervención de su hijo con anestesia general?

No he sido irracional, pero estando allí, esperando en aquel pasillo… me di cuenta.

Mi hijo llevaba ya un rato dentro de quirófano, yo ya me había serenado y miré esa puerta. Esa puerta al fondo del pasillo es la puerta en la que no desearía que entrara ningún niño. Y suspiré… y pensé que tenía suerte.

Y, de verdad, que siempre he sido consciente de que hemos tenido suerte. Porque los pies zambos se corrigen, porque a pesar de ser un tratamiento largo y duro, hay otros que lo son más, y hay otras muchas cosas que no pueden corregirse ni curarse nunca.

Y ya te lo conté, pero de eso fui consciente desde que nació, desde aquel día en el que con mi recién nacido en brazos vi pasar a un niño en silla de ruedas.

Esa fue la respuesta y la realidad que necesitaba para sentirme agradecida. Mi hijo, a pesar de todo, estaba bien.

 

Esta foto es de la mañana, antes de que se lo llevaran a quirófano

 

Y esa realidad me volvió de bruces el mismo día de la operación… y por si con ver esa puerta no había tenido suficiente, sucedió algo tremendo.

Fue justo minutos después de que la doctora saliera para informarnos de que todo había ido bien. Mi hijo estaba despierto, pero iban a dejarlo media hora más en reanimación, y luego lo sacarían.

Yo suspiré aliviada y feliz. Inmensamente feliz. Todo había ido bien, mi hijo estaba bien.

Y minutos después entraron los servicios de emergencia por la puerta de quirófano. Y los cirujanos que se habían ido fueron corriendo. Y auxiliares. Y enfermeras… Y no sé cuánta gente fue corriendo hacia esa puerta, la misma por donde había entrado mi hijo horas antes.

Eso era una urgencia, y era grave.

La doctora que había operado a mi hijo se acercó hacia nosotros en una de las salidas y nos dijo que no nos asustáramos por el revuelo, que nuestro hijo estaba bien, pero que había entrado una urgencia muy grave… tan grave que saldría en los periódicos.

Y que tardarían más en sacarnos a nuestro hijo, pero que estaba bien, y estaba tranquilo.

Yo le dije que no pasaba nada, y que en ese momento me preocupaba más la vida de esa niña. Y era verdad. Mi hijo estaba bien… pero esa criatura no.

Un rato después por fin sacaron a mi hijo por la misma puerta, el celador no me dejo acercarme a la puerta para que no viera nada… Yo me estremecí.

Lo tengo claro, la vida te va poniendo la realidad de las cosas para que veas lo bueno, y para que empatices con otras realidades... más duras que las tuyas. Haz click para twittear

Y ahí estaba mi pequeño. Y yo tuve una sensación rara, porque en ese momento la realidad era que una niña estaba muy mal, y por lo que me comentó el celador el desenlace no sería bueno. Y sentí mucha tristeza.

Fue un choque de emociones brutal… ¿Dónde estaba mi alegría infinita?

Por fin tenía a mi pequeñín conmigo, estaba bien, todo había ido bien… pero la niña… Y me sentí mal, porque había recibido a mi hijo con una sonrisa falsa. Me alegraba de verlo, claro que sí, pero mi mente y mi corazón estaba con la niña y con la familia de esa niña.

Al día siguiente vi la reseña en el periódico, no explicaron mucho, fue un accidente de tráfico.

Y me sentí inmensamente agradecida… Otra vez la realidad de otros me hizo darme cuenta de que mi realidad es mucho más bonita, mejor y más fácil que la de otros muchos.

Y fue extraño… muy extraño.

Ese choque de emociones, ese contraste de realidades… que salgan de quirófano para decirme que todo ha ido bien y que tengan que entrar corriendo para intentar salvar otra vida.

 

Y así es… Cuántas veces la vida nos va mostrando las cosas, sólo es cuestión de querer verlas, de escuchar, de observar y aprender.

Ahora, un mes después, sonrío porque estamos a punto de quitarle las escayolas.

Sonrío porque se encuentra bien.

Sonrío porque lo tengo a mi lado.

Sonrío porque tengo a mi lado a mi otro hijo.

Sonrío porque tengo a mi marido.

Sonrío porque tengo a mis padres.

Y sonrío porque tengo mucho por lo que sonreír.

 

Y aunque el camino sea largo, y a veces se me olvide, sonrío. Aunque haya días que llore, me enfade o patalee. En el fondo, siempre sonrío.

¿Y tú, te acuerdas de sonreír? ¿También sientes que la vida te va mostrando las otras realidades para que tú sonrías?

Un beso y mil sonrisas,