He dudado mucho si compartir o no esta vivencia aquí en el blog, no es plato de gusto mostrar mi lado más primitivo, cuando el mundo me ha desbordado… Y, aún a riesgo de someterme a juicios que no quiero, lo voy a contar porque quizás mi experiencia pueda ayudar, aunque sea a alguien que también haya pasado por lo mismo o se sienta igual de crispada, como me sentía yo entonces.

Un día, mamá estaba en casa sola con los dos niños de 4 y 6 años… Y mamá estaba desbordada con todo, principalmente con su vida y con ella misma, y en segundo plano con los niños… que tienen días y días. Y cuando el día no es, se convierte a veces en un campo de batalla.

Fue hace unos meses, antes del verano.

Yo llevaba unos días muy nerviosa con mil cosas y problemas, y sentía mucha ansiedad y crispación… ahora creo que también sentía ira.

Porque dicen que la ira es silenciosa, y se acerca a ti poco a poco sin que te des cuenta, y porque no vas poniendo límites y vas callando, y aceptando situaciones que no quieres, y aceptando lo que va en contra de ti misma  (gracias Living whith choco por todo lo que aprendo contigo).

Mis hijos llevaban días portándose igual que yo me sentía por dentro.

No quiero echarme la culpa de todo, pero sé que mis emociones se las transmito a ellos, estamos conectados… Y si yo estoy bien, ellos están bien, pero si no lo estoy, ellos tampoco.

Me ha costado mucho aprender esto, pero ahora lo sé… Y llevo trabajando en ello los últimos meses. Trabajando en mí, intentando conocerme, intentando quererme y aceptar lo que puedo aceptar, y rechazar lo que no puedo tolerar de ninguna manera.

Así es… Aunque es difícil.

Y esto no tiene nada que ver con mis hijos, tiene que ver conmigo y mis circunstancias. Los niños están al margen de todo ello.

Y realmente, ahora, con la cabeza despejada y la mente fría, sé que mis hijos suelen portarse bien, son buenos, aunque a veces tengan celos, se rebelen o se comporten como no queremos que lo hagan.

Ese día en concreto fue un día más de no hacer caso, de invadir la casa con juguetes, ropa y todo lo que encontraban a su paso… y tirándolo todo.

Sí, esa era su forma de jugar, algo que me crispa porque es horroroso cómo dejan la casa, cómo han destrozado el suelo de madera natural y cómo a mí me crispa, sinceramente.

Y gritos, porque al final terminas gritando para que te hagan caso por todo… y eso es algo que no quiero en mi vida.

Y yo estaba crispada, aunque no me daba cuenta.

Días de mucho trabajo, contratiempos, ir aquí, ir allá… y los niños destrozando la casa y todo patas arriba. Y para colmo sin hacer caso, guerra para ir al colegio, guerra para comer, guerra para cenar, guerra para dormir…

No recuerdo ahora cuál fue el desencadenante, sólo sé que de repente me vi desbordada y necesitaba estallar. Estaba recogiendo el lavavajillas y tenía un plato en la mano…

Y entonces quise tirar el plato contra el suelo para romperlo y desahogarme. No quería seguir gritando a mis hijos, y por otro lado los gritos ya no servían de nada… Y no quería pegarles. Eso no.

La imagen es horrible, lo sé.

Y lo peor es que el plato no se rompió. Se rompió la baldosa.

¿Se puede tener peor castigo?

Lo que más me espanta es el ejemplo que di a mis hijos, que por cierto el mayor no hace más que recordarlo. Ya hasta nos lo tomamos con sentido del humor.

Y, evidentemente, cuando me tranquilicé hablé con ellos.

Les expliqué que mamá no había actuado bien y que por muy enfadada que estuviera no tenía que haber hecho eso. Y que, por supuesto, ellos no tenían la culpa. La culpa la tenía yo.

Ahora, después de un verano reparador, y mucho aprendizaje… sé que necesito cambiar una serie de hábitos en mi vida, entre los que se encuentra hacer ejercicio cada día.

La actividad física combate la ansiedad, la rabia, la ira… todo lo que día a día se va acumulando en nuestra cabeza. Y la mía lleva unos años a rebosar.

¿Y qué piensan mis hijos?

Que mamá rompió la baldosa y la reparó papá. Y que tenía que haberla arreglado yo. Mi peque mayor se enfadó conmigo.

Son conscientes de que mamá no actuó bien, y son conscientes de que mamá hizo algo que no tenía que hacer.

Y yo soy consciente de que para enseñar a mis hijos a gestionar bien las emociones, primero tengo que aprender yo.

Ojo, que aquí no vaya a haber malentendidos… Que yo soy una persona muy tranquila… y muy contenida (esto es lo que me va llenando por dentro). Esto sólo ha sucedido una vez, pero me siento mal de que sucediera.

Gracias a este estallido emocional, tan humano y tan perturbador, empecé a ser consciente, y a trabajar conmigo misma lo que intento trabajar con mis peques: la educación emocional. Yo soy su ejemplo.Haz click para twittear

He aprovechado el verano para engullirme de disciplina positiva, para empatizar con mis hijos y aprender a ponerme en su lugar… y para llenarme de aprendizaje de vida.

Gestionar las emociones siempre no es fácil, y no me importa haber roto esa baldosa… Pero sí me importa haber estado en un estado de tensión, nerviosismo e ira sin darme cuenta de que eso contagiaba a mi entorno, y no al revés.

Ahora, cuando veo a los niños alterados… me miro a mí. Y no es que sea fácil lidiar con ellos a veces, pero si yo estoy tranquila y permanezco tranquila les transmito paz y todo se soluciona mejor.

Y eso es parte de lo que he aprendido este verano.

Importante: como dice Inma de Living in the choco, poner límites y hacer ejercicio aeróbico (correr, andar, nadar…)

No sé si te has visto alguna vez en esta situación, me encantará leer tu experiencia o cómo gestionas tú esos días negros donde todo se te acumula y los peques hacen que la montaña de nervios crezca mucho más. ¿Te ha pasado alguna vez?

Un beso enorme y hasta la próxima,