Estoy muy sensibilizada con el acoso escolar.

Bueno, en realidad detesto todo tipo de acoso: escolar, laboral y sexual. Cualquier acoso a cualquier persona. Me da igual el motivo, la situación.

Pero en este post me voy a centrar en el acoso escolar, en el bullying. Y no es la primera vez que hablo de ello, ya hablé en el post Acoso escolar en niños y adolescentes: cómo detectarlo y qué hacer

Pero la experiencia que te voy a contar en este post no es algo tan grave, pero sí creo que es necesario trabajarlo, porque bien podría ser inicio de algo grave. Son cosas de niños, sí. Pero a los niños hay que educarlos. Empezamos por ahí, enseñándoles a distinguir lo que está bien de lo que no lo está. Porque a veces no lo saben, y todo es divertido, sobretodo si ellos no están sufriendo.

Sentir, reflexionar y actuar en consecuencia. Así intento vivir y educar a mis peques. Y por ello la reflexión de hoy... de una situación común en los niños.Haz click para twittear

Lo cierto es que hace unos días sucedió algo que, aunque no es grave, y sé que no puede considerarse acoso ni nada parecido, me hizo poner en alerta y hacerme sentir mal. Porque así se sintió mi hijo, y así me sentí yo.

Nos sentimos heridos.

Y me incluyo porque creo que, sin darme cuenta, volví a mis cuatro años de edad. Volví a mi infancia. Esa en la que no existía el bullying, pero era normal que un grupito de niños se riera de ti, te insultara o te hiciera sentir la última mierda sobre la tierra… y todo se considerase normal, cosas de niños.

Pero ahora la cosa ha cambiado. Y ahora, no sólo te hacen sentir mal, sino que vas creciendo y pasando los días con ese acoso… Y no hace falta que comente en este post hasta los extremos que se llegan. Por desgracia.

¿Y qué pasó? ¿Qué hizo que me sintiera tan mal y me pusiera en alerta, para que hoy reflexione sobre ello?

Pues sucedió algo tan normal como estar en un bar cenando, con una zona de niños con bolas. Y sólo había cuatro niños. Tres iban juntos, y casualmente eran niños de la clase de al lado de mi hijo pequeño, de cuatro años.

Él no quería ir allí con ellos. Estaba en la mesa con nosotros. Pero cuando vi que la zona de bolas estaba vacía porque los otros niños estaban cenando, le dije que si quería ir. Y fue.

Luego fueron los otros niños. Y mi hijo seguía allí. Al rato, como no lo veía y me vino a la cabeza un pensamiento feo, de que pudiera estar en un rincón llorando, fui a verlo.

Estaban los tres jugando juntos, y mi hijo aparte, jugando solo. Pero lo vi bien. Y pensé aliviada que soy una exagerada, por llegar a pensar que podía estar mal. Presentimientos de madre. O miedos, más bien.

Un rato después vino mi hijo llorando, se me abrazó y se arrancó a llorar en mis brazos desconsoladamente, hundiendo su cabeza en mí para que nadie lo viera. Yo lo abracé con fuerza y empecé a preguntarle lo que había pasado, pero no respondía.

Lo conozco. Sabía que le habían pegado. No llora así por nada.

Así que, con él en brazos me acerqué a la zona de juegos,  para hablar con los otros niños.

Uno de ellos estaba al margen, callado. El otro, hijo de una mamá amiga mía, me dijo que había sido el tercero. Y el tercero que le había pegado porque se lo había dicho el segundo.

Yo les dije que eso estaba muy mal, que pegar estaba mal. Su respuesta fue que les pegara él también.

Eso me lo dijo el tercero, riéndose. Un niño de cinco años (porque se llevan casi un año con mi hijo a pesar de ser del mismo curso) riéndose de pegar a otro niño, y es más, riéndose al hablar con la madre, con un adulto.

Sentí mucha rabia en ese momento. Y sé que no lo gestioné bien porque aunque mi tono de voz fue correcto y bueno en todo momento, me puse a su altura. Sí, a la altura de un niño de cinco años.

Al final, después de sus respuestas hirientes y de sus risas, me harté e impuse mi autoridad: “Si quieres voy y lo hablo con tu madre”.

Y ahí la cosa cambió. Empezó a suplicarme que no, por favor.

No fue una cuestión de ganar o de perder, no me sentí ganadora en absoluto. Me sentí fatal, me sentí herida. Habían pegado a mi hijo como si eso fuera divertido, y ni siquiera conseguí que por lo menos ese niño se diera cuenta de que eso estaba mal.

Les dije que era feo y de cobardes pegar a otro entre tres, o acosarle.

Y me fui con mi hijo a la mesa. Ya removida. Ya con un sentimiento de tristeza infinita.

Me dolía por mi hijo. Me dolía por mí. Y me sigue doliendo… pensar que, quizás, más adelante esto sea así. Que no aprendan que no está bien.

Y entendí por qué mi hijo no había querido ir a jugar con ellos al principio.

Sé lo que es el bullying en su máximo esplendor. He vivido muy de cerca una experiencia que me desgarró el corazón como si me lo estuvieran haciendo a mí. Y la impotencia de no poder hacer más… porque no depende de ti.

Y creo que por eso me duele especialmente que, quizás, esto pueda ser un principio. “Son cosas de niños”… Pero no, no podemos considerarlo así. Lo siento. Porque estamos viviendo en una sociedad en la que niños de siete, diez, quince años… sufren por acoso en el colegio y fuera de él.

Y porque aunque no considero que me hayan acosado en el colegio, sí me han tratado mal, sí me he sentido muy herida, y creo que en el fondo me he creído cosas feas que decían sobre mí: eres tonta, eres torpe, eres fea… Y seguramente también habré herido yo a otros niños o personas a veces… ¿Te resuena?

Y no quiero eso para mis hijos. Ni para esta sociedad. Quiero y necesito cambiar esto.

Por supuesto, en casa estuve hablando con mi hijo. Quería hablar del tema, que expresara y sintiera sus sentimientos de tristeza y rabia. Y él me decía… “no he hecho nada, estaba tirando bolas por el tobogán”. Y esto me rompía el alma. Y yo le dije que mamá también se sentía como él, triste y enfadada, muy enfadada. Y que él no había hecho nada malo. Eran los otros niños los que se habían portado mal. Él había jugado y les había respetado. Ellos no.

Creo que es importante que no se quede dentro con esos sentimientos, con ese dolor… ni con la sensación de que ha sido culpa suya porque ha hecho algo que les ha molestado. No, simplemente, se aburrían y sabían que meterse con él era algo fácil… porque mi pequeñín no pega.

Sinceramente pienso que una forma maravillosa de frenar este tipo de situaciones desagradables ahora y en el futuro es educar a nuestros hijos en el respeto, una crianza respetuosa desde el amor y el respeto, pero con límites. En casa y en el colegio.

A estas alturas ya sabes que me esfuerzo en educar a mis hijos así, aunque a veces me equivoque y estalle, y no los respete… pero después, siempre les pido perdón, y les hablamos sobre qué ha estado mal, en ellos o en mí.

De ello te he hablado en varios post, pero precisamente hace poco tuve un estallido emocional que te explico en este post El día que mamá no rompió un plato. Gestión emocional

¿Tú también piensas que el bullying se frena desde aquí, desde este momento? ¿Qué estamos haciendo mal los padres? ¿Alguna recomendación?

Agradeceré tus comentarios, tu experiencia, tu opinión, tu consejo… en los comentarios de aquí abajo. Te espero 🙂

Un abrazo y hasta la próxima,